ALTA Y ADENTRO
Por Jaime E, Rey
Si es más fácil correr al manager que a 25 peloteros malos, ¿cuál es la solución cuando no hay en el horizonte ni Luz ni esperanza?
Correr al gerente general y vicepresidente.
Eso es, como son 10,000 abogados en el fondo del mar, un buen principio, pero mis Cachorros de Chicago necesitan más que desocupar a Jim Hendry.
Mis consentidos no tienen remedio visible. Sería muy drástico desear que Lake Michigan inundará el norte de Chicago y borrara del mapa todo lo relativo a Cubs, incluyendo su decrepito estadio.
Hendry es uno más de una legión de administradores que han cubierto sus ineptitudes con maldiciones de cabras, gatos negros e infinidad de infantiles disculpas.
Lo cierto es que Cubs no ganan ni con dueño tacaño, Phil Wrigley, ni con una familia generosa, los Ricketts. Con una de las nóminas más altas, los Cachorros y su afamado estadio son catedrales de irrelevancia.
Hoy amanecieron en quinto lugar de la débil División Central de la Liga Nacional a 18.5 juegos del líder y penúltimos en la carrera del comodín. Su marca de 55-70 es la peor en su liga.
Los más importantes personajes en los equipos son, el gerente general, los buscadores de talento y todos los involucrados en formar un equipo competitivo. Sin esas cabezas no se gana ni con los bolsillos más llenos y generosos.
Se ha comprobado plenamente que pagar caro no es tan importante como a quien se le paga. Equipos de nóminas modestas han hecho mejor papel que los de nóminas extravagantes.
Dos ejemplos nos dan el porqué de la deplorable actuación de los Cachorros modernos. Gastaron 138 millones en Alfonso Soriano y 95 millones en Carlos Zambrano. Contratos que causaron risa en los expertos.
El primero es más amenaza con el guante que con el bat y el segundo es un cadete espacial que tuvieron que suspender por 30 días sin sueldo.
El último agravio de Carlos es sólo uno de muchos que han roto toda posibilidad de armonía en los equipos que han cometido el error de firmarlo. Es buen pitcher pero es un veneno, y los Cubs fueron los únicos de verdad interesados en él cuando estuvo libre.
El equipo ha tenido mala suerte, o mala planeación en la adquisición de peloteros. Han sido generosos en firmar fulgurantes estrellas pero pocos han sido productivos de victorias.
Por ejemplo, Sammy Sosa produjo buena taquilla. Pero, multitud de estudios de especialistas mostraron que en su mejor época, cuando bateaba más de 60 jomrones por año, sus limitaciones en el campo producían más derrotas que vitorias.
Las infantiles supuestas maldiciones han creado más interés y producido más para la gerencia que sus caras adquisiciones. Pero, la luna de miel ha llegado a su fin.
El manager, Lou Pinella, sonó peligrosa alarma cuando abandonó el equipo hastiado de las malas condiciones. Cuando un fiero competidor, como Lou, encuentra intolerable un equipo pone en alerta a los peloteros.
“No vayas ahí.” Es el mensaje subliminal.
Como toda mujer bella pierde, con los años sus atractivos, el estadio Wrigley con todo y su hiedra en las bardas, ha dejado de ser romántico. Ya no es el lugar que hay que visitar en Chicago.
Pero el hoy decrepito estadio siempre ha sido más incómodo que bello. Es tan pobre competencia para los estadios modernos como lo son los Cubs.
Las constantes derrotas dejaron de ser motivo para ir a ver a Cubs. Dejaron de verse atractivos perdiendo. La mediocridad ya no vende. Los Cubs han producido los más memorables momentos chuscos en el beisbol, pero eso ya no vende.
El hecho de que no hayan ganado una Serie Mundial en 103 años ya no produce atractiva publicidad. El equipo ya no llena su estadio ni es el atractivo que fue en otros estadios.
Los gustos han cambiado, la gente también pero los Cubs, como las momias, siguen igual año tras año. Los fenómenos anormales ya ni en los museos venden. Los circos ya no dependen de payasos.
¿El futuro de Cubs? El mismo de más de cien años. Ahora es peor ya que en otros años han competido, incluso en postemporadas.
La mala actuación de ese año es de las que deja permanente inconformidad. La única salvación sería un sorprendente triunfo en la Serie Mundial.
Pero mis nietos no verán eso, menos quienes tenemos años añorando ese milagro. Primero lloverán ranas, explotarán la maldición de las ranas y tendrán otros cien años de mediocridad.